22 de octubre de 2026 · Actualizado 22 de octubre, 21:55 · gadesgadir
Borja Jiménez, por sí mismo: del balón congelado en Ávila a ganar al Barça
El nuevo entrenador del Cádiz, por sí mismo. A principios de año, cuando entrenaba al Sporting, Borja Jiménez repasó su carrera durante más de dos horas en el pódcast Offsiders. Habló de un comienzo sin cobrar en Tercera, de la vez que dejó el fútbol, de sus tres ascensos y de cómo entiende el oficio.
El Cádiz ya ha hecho oficial que Borja Jiménez es su nuevo entrenador. Antes de verlo en El Rosal, vale la pena escucharlo. En enero, cuando entrenaba al Sporting, se sentó con Mario Sanjurjo y Miki Muñoz en el pódcast Offsiders y repasó su carrera desde el principio. Esto es lo que contó.
Una plaza de Ávila y un balón helado
Es abulense y no fue futbolista profesional. Aprendió a jugar con sus amigos en una plaza de tierra donde las porterías eran bancos de piedra y el hueco era tan pequeño que solo cabía una pelota de tenis. Recuerda también los inviernos de Ávila: siendo ya entrenador en Tercera tuvo que suspender algún entrenamiento porque los balones estaban literalmente congelados.
Empezó entrenando a benjamines para compaginar el fútbol con el trabajo, mientras estudiaba Magisterio. Y cuando hoy alguien le pide consejo, dice que su respuesta es siempre la misma: no obsesionarse con ser entrenador profesional. Él nunca se lo planteó como meta, y cree que si lo hubiera buscado con su nivel de autoexigencia, no lo habría conseguido.
Tercera, sin cobrar y con la gasolina a escote
Su primer banquillo de un primer equipo fue el Real Ávila, en Tercera, con 27 años. El club estaba en concurso de acreedores y los jugadores no cobraban: según contó, la afición llegó a pagar la gasolina para que los que venían desde Salamanca y Valladolid no perdieran dinero por ir a entrenar. Aun así metió al equipo en el playoff. Admite que aquel Borja era mucho más rígido que el de ahora, y que lo que más le dolió fue lo que tuvieron que escuchar sus padres en la grada.
Después de aquello dejó el fútbol. Se fue a Oporto a formarse como profesor de autoescuela, el negocio familiar, y estando allí le llamó el Valladolid para su cantera. Aceptó entrenar a un cadete y echar una mano en la secretaría técnica, y al año siguiente ya dirigía al filial en Segunda B. Ese equipo llegó colista a mitad de temporada, pero el club lo mantuvo y se salvó a falta de cinco o seis jornadas.
Izarra y Bouzas: adaptarse o morir
En el Izarra aprendió la lección que más repite: adaptarse al club. Contó que allí era sagrado subir a cenar al bar del campo después de cada partido, y que si un entrenador intenta cambiar por decreto las costumbres que a un vestuario le funcionan, los jugadores se lo comen. Los hábitos, dice, se cambian poco a poco y con victorias.
En el Rápido de Bouzas, recién ascendido a Segunda B y con el presupuesto más bajo de la categoría, se quedó fuera del playoff en la última jornada por un triple empate. Lo recuerda como uno de sus años más felices: hacían la crioterapia en cubos de basura cortados, con hielo del club náutico de los pescadores. Allí conoció a Álex Martínez, entonces director deportivo y desde entonces su segundo entrenador.
Tres ascensos
Con el Mirandés ganó la Copa Federación y subió a Segunda en un playoff que casi se le escapa: tras ganar la ida en Anduva, el Baleares le metió tres goles en quince minutos en la vuelta y el ascenso se salvó en la última jugada. De aquella tarde sacó una idea: el miedo a perder lo que ya crees tuyo es lo peor que hay en el fútbol.
Se marchó al Asteras Trípolis griego, una decisión de la que dice que se arrepintió, y lo cesaron en diciembre. Días después le llamó el Cartagena, que iba líder en Segunda B. Lo subió a Segunda en una final otra vez ante el Baleares, esta vez a penaltis.
En el Deportivo vivió lo que llama uno de los momentos más traumáticos de su carrera: la final del playoff de 2022 ante el Albacete en Riazor, con 1-0 a favor y perdida en la prórroga. Reconoce que no debió seguir al año siguiente, que lo decidió con el corazón. Con el Leganés llegó el tercero: campeón de Segunda y ascenso directo a Primera.
Primera, el Barça y los 40 puntos
En Primera ganó al Barcelona y al Atlético, llegó a cuartos de Copa y aun así bajó con 40 puntos. Del triunfo ante el Barça explicó el plan con detalle: con línea de cinco en la ida, con un marcaje individual a Pedri en la vuelta. Y en esa temporada descubrió a Yan Diomandé, un chaval del filial al que metió en el Bernabéu tras tres entrenamientos con el primer equipo.
Una reflexión suya que interesa en Cádiz: en Segunda el jugador acepta lo que le pide el entrenador porque sabe que un éxito colectivo le mejora a él el contrato; en Primera, el que no juega piensa en su siguiente equipo aunque al equipo le vaya bien. Por eso cree que en Segunda el entrenador influye mucho más, a través de la táctica y del plan de partido.
Primero la persona
Cuando empezó, calcula que el 80 % de su trabajo era táctica y técnica. Hoy dice que casi ha dado la vuelta al porcentaje: lo primero es que el jugador se sienta valorado y crea en lo que hace, y solo así entra después la pizarra. Sigue siendo, según él, un apasionado del análisis y de preparar cada detalle de la semana, pero ya no se lo cuenta todo al futbolista.
También habló de las ruedas de prensa, algo que pesa en un club con mucho ruido: lo aprendió en el Deportivo, con ocho o nueve medios en cada comparecencia, y dice que hoy dedica tiempo y gente a prepararlas, porque los futbolistas escuchan todo lo que dice el míster.
Información original: Offsiders.
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